Esto es nuestro y aquí estamos: canciones creadas por las niñeces y juventudes vallesanas que son nuevos latidos colectivos

La música conecta, es como un hilo que cose la vida de una comunidad. Cuando la gente se reúne para cantar, tocar o danzar, no solo comparte un momento agradable, sino que las personas ensayan, sin saberlo, formas de estar juntas.

¿Qué nos dice la música acerca de cómo las personas que comparten un mismo espacio eligen recordarse, reinventarse y reconocerse mutuamente a lo largo del tiempo? Cada género, cada instrumento y cada variación rítmica dan cuenta de la adaptación, resistencia y fortaleza que yace en la identidad, ese relato que se reescribe cada vez que suena una canción compartida. En buena medida, esa resonancia que únicamente es posible gracias al encuentro ha sido un importante impulso para las labores que realizamos en Fundación Valle La Paz, las cuales se orientan al desarrollo y bienestar integral de niñas, niños y jóvenes de comunidades rurales de Valle de Bravo.

Mi tierra, mi canción: un himno para cada comunidad

En el verano de 2025, las mesas de trabajo en torno al acceso al agua potable organizadas por Camino del Agua en La Huerta San Agustín se quedaron grabadas en la memoria de Lavinia Negrete, música, gestora cultural y responsable de nuestro Programa de Música. Durante el desarrollo de dicho intercambio de saberes y preocupaciones en torno a una de las problemáticas más importantes de la región vallesana, escuchó a muchos habitantes decir repetidamente “somos unos arrimados”. 

Desde su perspectiva, “hablaban de la incertidumbre sobre la tierra y del poco sentido de pertenencia que sentían hacia su comunidad”. Esa fuerte declaración fue la pauta para pensar estrategias que, desde la formación artística de las niñeces y juventudes, promuevan el sentido de pertenencia. Así fue como nació Mi tierra, mi canción

¿Y cómo se canta en La Huerta San Agustín?

Meses después de esa experiencia, nos cuenta, “durante un recreo, las niñas y los niños comenzaron a preguntarnos cómo se cantaba en distintos países. Entre risas pasamos por un tango argentino, una canción francesa, un blues y una cumbia colombiana. Entonces alguien lanzó la pregunta que cambió todo: ¿y cómo se canta en La Huerta San Agustín? La respuesta fue inmediata: pues hagamos nuestra propia canción.” 

Siendo quien les acompaña a escuchar con otros oídos, Lavi se propuso animarles a participar del desarrollo de una suerte de himno propio, con la finalidad de construir en conjunto ese ritual sonoro que una comunidad se regala a sí misma para recordarse que existe. 

“Empezamos a preguntarnos qué era lo más bonito de la comunidad. Ellos mismos fueron diciendo: la cascada, el manantial, los cerros. Así nació el primer verso. Entre bromas también apareció una rima inolvidable. Un niño propuso ‘cumbión… rascuachón’. Todos soltamos la carcajada y decidimos que no, pues la canción era para hablar bonito de La Huerta. Alguien más respondió: ‘guapetón’, y así quedó. Esa tarde nació el corazón de la canción. Durante las semanas siguientes, el grupo la fue completando hasta convertirla en la primera de las tres composiciones comunitarias que realizamos”, relata. 

El nacimiento de un canto para la tierra mesarriquense 

El logro de aquel grupo de estudiantes de música de La Huerta San Agustín inspiró al grupo de secundaria de Mesa Rica. “En ese momento estábamos aprendiendo ‘Mi tierra veracruzana’, de Natalia Lafourcade, y decidimos usar su estructura poética como punto de partida. Durante un par de semanas trabajamos únicamente en la letra, cuidando el ritmo, las rimas y hasta el número de sílabas de cada verso. Incluso hubo una discusión divertida para decidir cómo llamar a quienes viven en la comunidad, hasta que todos coincidimos en que serían mesarriquenses.”

Para que exista una canción propia se necesita un pulso en común. La gente, sin pensarlo mucho, elige un ritmo, un aire y un tono que le queda a la medida, que tocan fibras en lo más profundo de su ser. Ese compás suele tener que ver con el paso al andar, con el ritmo del día a día o con la respiración de muchos a la vez. Activa la identidad en vez de explicarla y para que eso ocurra se necesita una narrativa compartida que no hace falta contar, sino que se siente. Su letra, sus silencios y esos momentos en que la melodía se eleva, van conectando con lo que la comunidad vivió o imaginó, con esas historias que aunque no se digan, se sienten en el pecho.

Encontrar una identidad musical propia fue el reto que siguió a la escritura de su canción. “Probamos muchísimos géneros. Pasamos por el son jarocho, el mariachi, la tambora y otros estilos […] Después de muchas pruebas, el grupo decidió que su canción sonaría como un corrido tumbado.Con ayuda de inteligencia artificial hicimos una primera maqueta para escuchar cómo sonaría en ese género. Fue un momento muy emocionante porque, por primera vez, pudieron escuchar su composición interpretada con un estilo muy cercano al que habían imaginado”, comparte la también maestra de coro. 

Fue gracias a este ejercicio como notaron que una canción bien armada, con una letra que tiene peso y una estructura fuerte, capaz de sostener, puede pasearse por ritmos muy distintos sin despeinarse, sin que se le vaya el alma por el camino. El resultado es bastante introspectivo y, como dice Lavi, “habla del deseo de explorar el mundo sin dejar de reconocer el cariño por el lugar donde se nace”.

El Manzano también compone

Así, como se contagia el entusiasmo, la iniciativa fue abrazada también por estudiantes de primaria de El Manzano. En esa comunidad, apenas suena un poco de música y de inmediato alguien se pone a zapatear, por lo que el ánimo para componer ya estaba ahí, era cuestión de agitarlo un poco para que brotara, mostrando una faceta reveladora y divertida de la música. 

“La consigna fue sencilla: llevar de tarea versos sobre aquello que más les gustaba de su comunidad. Las niñas y los niños llegaron con sus hojas llenas de ideas. A partir de ellas fuimos construyendo la canción, ajustando algunas rimas, completando versos y jugando con el ritmo para que cada estrofa conservara la estructura de ocho sílabas que habíamos trabajado desde el principio del proyecto”, comenta Lavi. 

Como ocurrió en las otras comunidades, la melodía de Lafourcade fue punto de partida para echar a volar el imaginario local. Posteriormente, llegó el momento de definir un sonido propio y la elección unánime por la banda, un género muy bailable y celebratorio, dejó claro cómo viven y sienten su comunidad. En sus versos se asoma la cotidianidad, un gran aprecio por la naturaleza y por los gestos que les hacen sentir en casa. “Con esa identidad musical comenzamos a imaginar la melodía y posteriormente realizamos una maqueta con ayuda de inteligencia artificial para escuchar el resultado”, comparte. 

Cuando al fin suena esa canción tan de ellos, ocurre algo especial. Durante un rato, nadie tiene que dejar de ser quien es, pero todos hacen lo mismo al unísono, aunque cada persona sea distinta. Eso dice mucho de cómo esta comunidad se percibe a sí misma. Porque, en el fondo, es el latido que decidieron tener.

Tres canciones que resultan de la escucha y la colaboración

Así, sin estridencias ni artificios, estas tres canciones nos devuelven a la escucha como origen, el hacer compartido como camino y la comunidad como un espacio para escribir, corregir y componer algo más grande, perdurable y muy sentido. Las tres canciones se apoyaron en la inteligencia artificial como herramienta “para crear maquetas que permitieran imaginar cómo sonarían en distintos géneros musicales”, menciona Lavi. 

En ese sentido, la tecnología no sustituye ese proceso, lo amplifica para ofrecer un espejo sonoro donde probar distintas posibilidades y con ello, tener una pauta de ensayo que permita practicar esos nuevos himnos que hoy son el nuevo latido de cada comunidad. “Más que usar la tecnología para crear las canciones, la utilizamos para escucharlas. La creatividad, las palabras y las historias siempre fueron de las niñas y los niños. Creo que ese es el verdadero corazón del proyecto”, remata, con la esperanza de que se siga tejiendo memoria viva en cada rincón donde estas canciones se escuchen. 

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